Tras unos días de cautiverio que finalizaron en otra fustración sentimental más, de esas que parece que se han puesto de acuerdo este año para ser las protagonistas de las conversaciones mantenidas por mis neuronas, me despierto hoy sábado, tras una noche más sin dormir a gusto: dudo que sea el calor; algo habrá, algo habrá. Será cuestión de rascar un poco. Sospecho que puede ser otro ataque de soledad que padezco de forma crónica desde hace varios años y que no me permite estar a gusto ni conmigo mismo.
En fin, noche insípida la de ayer salvo por el cus-cus al que fui invitado para cenar. En verdad, día insípido, semana insípida. La ausencia de sabor viene ocasionado por el descenso de radiación UV que está experimentando mi cuerpo. O eso, o la falta de sal en mi piel. Terrible realidad: la época de caracoles ha pasado y a las 21:30 ya no es de día. Velvetina, lo siento, hay que afrontar la realidad: somos europeos y eso se paga con la disminución de horas de luz y los bajos estados de ánimo. En breve los parisinos empezarán a sufrir tremendos retrasos en la línea 1 los viernes por la tarde: el cambio de hora de finales de octubre abrirá la veda de suicidios y varios cientos de anónimos desamparados decidirán poner fin a su triste inexistencia. Por supuesto, es necesario tirarse a las vías un viernes por la tarde: joder el regreso al
dodo de fin de semana de miles de dodo-metro-boulot-adictos es el minuto de gloria ansiado. Todos pensarán en esos anónimos: por fin existen.
A las puertas de mi primer empleo empiezo a planificar mi jubilación: casa blanca de puertas y ventanas de madera pintadas en azul. Porche que albergará una hamaca y varias macetas con aloe vera y la luz expulsando cualquier intento de sombra reconfortante. Mi compañera de retiro: carácter nórdico, cansada del sol de media noche y por supuesto, de la luna de las tres de la tarde. Lo de nosotros fue un acuerdo tácito:
- Ya está bien, vámonos de cualquier parte. Dije yo.
- Jag älskar dig. Dijo ella.
A esas alturas será suficiente para llamarlo Amor.
El mar bien azul al fondo.
Y la isla, hueca en su interior...