
Llevo un par de días en los que las únicas conversaciones mantenidas han sido a través de un teléfono o a través de la red. No hablo con nadie, salvo para pedir un kilo de ciruelas, una barra de pan o El País. De hecho, esta mañana ya no vocalizaba bien y me he dado cuenta a la mitad de la palabra ciruela. Yo pensaba que pronunciaba bien, pero los ojos extrañados de la frutera me confirmaban lo contrario. No obstante, al salir de la tienda ni siquiera estaba avergonzado pues había conseguido mi objetivo: un kilo de fruta entre kiwis y las dichosas ciruelas.
Cuando me paro a pensar en este asunto delante de los cuadros tan solitariamente iluminados por Hopper llego a la conclusión de que es el inevitable final al que estaba condenado como consecuencia de mi adicción a la misantropía: me gusta el silencio, me encuentro cómodo en él. A gusto entre los peces.
El único inconveniente de mi aislamiento es la ansiedad que experimento cada día camino de la panadería cuando me pregunto si ya habré perdido la capacidad del habla...